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HOJA DE RUTA DEL DIRECTOR

La democracia no llegará con los dólares a Cuba
CASIMIRO GARCÍA-ABADILLO Actualizado: 04/01/2015 06:59 horas

El anuncio del pasado 17 de diciembre por el que Estados Unidos y Cuba
se comprometen al restablecimiento de relaciones diplomáticas, rompiendo
con más de 50 años de aislamiento, ha despertado enormes expectativas
tanto dentro como fuera de la isla.

La cuestión es si, como consecuencia de una cierta apertura económica,
finalmente se podrán establecer las libertades democráticas en Cuba o
bien si ese nuevo balón de oxígeno será aprovechado por el régimen para
perpetuarse después de que Raúl Castro abandone el poder en 2018.

La débil oposición interna y los intelectuales no se ponen de acuerdo,
mientras que desde Miami el lobby cubano presiona al Partido Republicano
para que, si gana las próximas elecciones, revise el acuerdo.

Por el momento, el régimen castrista se ha apuntado un tanto político
que refuerza su prestigio. El reconocimiento por parte de Obama de que
el «embargo ha sido un fracaso» porque sólo ha conseguido aumentar las
dificultades del pueblo cubano mientras que no se ha logrado ni un solo
avance en la conquista de la democracia supone un éxito para la política
de resistencia del castrismo frente al «imperialismo» norteamericano.

Además, el regreso de los cinco espías liberados en virtud del acuerdo
del 17 de diciembre se ha explotado en las últimas semanas
propagandísticamente mediante carteles y de forma masiva en la
televisión, como la prueba definitiva de que Cuba ha salido ganando.

Dos días después del histórico anuncio, en la reunión de la Asamblea
celebrada el 19 de diciembre, el presidente Raúl Castro se encargó de
certificar que en lo esencial en su política no habrá un «cambio de rumbo».

Democracia y economía.

En sus aspectos concretos, el acuerdo del 17-D supondrá a corto plazo un
aumento significativo de entrada de divisas, fundamentalmente desde la
colonia de casi 2 millones de cubanos que viven en Estados Unidos (la
mayoría en Florida). También supondrá el fin de las restricciones a la
llegada de turistas norteamericanos, la posibilidad de operar con
tarjetas de entidades de EEUU e incluso la apertura de sucursales en Cuba.

Eso es lo que percibe la mayoría de la población: habrá más dólares y
los cubanos podrán vivir mejor. Cualquier taxista o camarero al que se
le pregunte estos días en La Habana responderá con una sonrisa: «Nos irá
mejor porque vendrán más turistas yanquis».

El turismo es una de las principales fuentes de ingresos de Cuba. El
pasado día 31 de diciembre, el periódico Granma (órgano oficial del
Comité Central del Partido Comunista de Cuba), daba a tres columnas en
su portada este titular: «Recibió Cuba hasta el 30 de diciembre tres
millones de visitantes internacionales». La información consistía en una
escueta nota del Ministerio de Turismo. En otro artículo en las páginas
interiores del mismo diario, y casi como justificación revolucionaria
para el impulso de esa actividad económica, se afirmaba que el propio
Fidel Castro, en su libro La historia me Absolverá (así escrito en el
original), decía que «el turismo puede ser una enorme fuente de riquezas».

El reputado escritor Leonardo Padura (autor, entre otros libros, de El
hombre que amaba a los perros), me confesó que, sin lugar a dudas, el
acuerdo del 17-D va a ser bueno para la economía: «Los americanos llevan
escrito en la frente el 15%, que es el porcentaje que suelen dejar como
propina».

Sobre eso sí existe consenso. La depauperada economía cubana necesita un
respiro. La caída del precio del petróleo puede poner fin a un ventajoso
acuerdo con Venezuela, que exporta el hidrocarburo que necesita la isla
a precio irrisorio a cambio de la ayuda que aportan unos 25.000 médicos
cubanos que trabajan al servicio del régimen bolivariano.

Desde el comienzo del embargo en 1962, Cuba ha vivido en una continua
crisis, aunque lo peor llegó con el llamado «periodo especial», que
comenzó en 1991 como consecuencia del fin del comunismo en la URSS, que
era el país amigo de Castro que ponía parches al aislamiento económico.
El PIB cubano cayó más de un 36% en sólo tres años y no recuperó los
niveles anteriores a 1990 hasta diecisiete años después.

Aunque la situación ha mejorado, el nivel de vida es todavía muy bajo
(la renta per capita en 2012 era de 6.221 dólares). Un asalariado cubano
gana al cambio una media que va desde los 20 a los 60 dólares mensuales.
Los servicios y, en general, toda la economía muestra un elevado nivel
de ineficiencia. Claro que, como dice un dicho muy popular en Cuba:
«Nosotros hacemos como que trabajamos porque ellos (el Estado) hacen
como que nos pagan».

Aunque el turismo crece anualmente por encima del 5% la principal fuente
de ingresos es la exportación de servicios. Los médicos que trabajan en
Venezuela o los que recientemente han sido enviados a Sierra Leona para
combatir el ébola son el motor económico del país. Los que trabajan en
la república presidida por Nicolás Maduro hacen que haya gasolina para
los automóviles y los que están en África reportan 10.000 dólares al mes
por cabeza (ese es el salario que les proporciona la OMS). De ese
dinero, el Estado se queda con 9.500 dólares, mientras que los otros 500
constituyen el elevado salario -en comparación con la media del país- de
los facultativos cuyo trabajo es presentado por los medios oficiales
como un gesto de «solidaridad revolucionaria».

La segunda fuente de ingresos la constituyen las remesas de dólares
remitidas fundamentalmente desde Miami. Limitadas ahora a 500 dólares al
trimestre, tras el acuerdo del 17-D, pasarán a ser de 2.000 dólares al
trimestre.

Estas remesas hacen que en Cuba se esté produciendo una diferenciación
social entre los que tienen familiares en EEUU y los que no que,
curiosamente, está volviendo a dividir a la isla no sólo en clases, sino
también en grupos raciales, ya que la mayoría de los emigrados a Florida
son blancos. Otra de las paradojas de la revolución castrista.

La supervivencia se hace difícil -hay alimentos, como las patatas, que
sólo se consiguen en ocasiones en el mercado negro- y sólo es posible
gracias a la existencia de una consentida economía sumergida que
consiste, básicamente, en que los funcionarios y empleados públicos
detraen una parte de las materias con las que trabajan para, después,
venderlas fuera de los circuitos oficiales.

Se habla mucho sobre el modelo que seguirá Cuba tras la apertura
económica que significará el acuerdo del 17-D. Se debate sobre si el
castrismo adoptará el modelo chino o el modelo vietnamita, o si se
seguirá un patrón parecido al de la ex URSS.

No parece fácil la traslación a Cuba de la economía de mercado con un
Estado de partido único. El presidente chino Xi-Jinping visitó la isla
el pasado 21 de julio y firmó un acuerdo bilateral que suponía la
concesión de un préstamo sin intereses para la modernización del puerto
de Santiago y un acuerdo para la explotación petrolífera del Golfo de
México. La delegación china discutió con los funcionarios cubanos sobre
su modelo económico, pero éstos no aceptaron que el mercado fuera el
mecanismo de fijación de precios. Los precios en Cuba los fija el
Estado. Y los empresarios son tan mal vistos que a los nuevos
emprendedores (los propietarios de los conocidos paladares) se les
denomina «cuentapropistas».

Para la mentalidad de los dirigentes castristas, el enriquecimiento
implica algo intrínsecamente malo, a diferencia de los dirigentes
chinos, que lo consideran intrínsecamente bueno. Por tanto, lo más
probable es que la liberalización se vaya produciendo con cuenta gotas y
siempre bajo control de la estricta normativa cubana.

Un poder inaccesible.

Una de las cosas que más llama la atención en la Cuba de hoy es el
desconocimiento, la desconexión entre la sociedad y el poder.

Nadie sabe nada sobre la salud de Fidel Castro. Se dice en círculos bien
informados que ha permanecido una larga temporada hospitalizado y que
ahora está de nuevo en su domicilio (también secreto) convaleciente de
Alzheimer ¿Es eso cierto? Nadie lo sabe.

¿Y Raúl? ¿Se marchará efectivamente en 2018 como está establecido?
¿Quién le sustituirá? Se dice, siempre en círculos cubanos informados,
que el vicepresidente Miguel Díaz-Canel no tiene poder real. Para esas
fuentes, ni siquiera el influyente viceministro de Defensa, Álvaro López
Miera, sería una opción para el postcastrismo.

Todo apunta, según esas fuentes, a que la sucesión se producirá por la
vía hereditaria y recaerá en alguno de los hijos de Raúl. El favorito es
Alejandro, uno de los máximos responsables del eficiente servicio de
inteligencia cubano.

En Cuba el poder lo tiene Raúl Castro y lo sostiene sobre la base de un
organizado ejército. Los militares son el sustento del régimen y
controlan gran parte de la economía (por ejemplo, el turismo).

Todo apunta a que el castrismo intentará perpetuarse apoyado en la
estructura militar, aceptando sí una tímida apertura económica. De
hecho, los hijos de algunas de las familias más ilustres del régimen son
propietarios de los paladares más exitosos de La Habana.

¿Es posible el cambio?

Uno de los errores que suelen cometer los políticos españoles es
comparar la situación actual de Cuba con la que vivió España en los
momentos finales del franquismo. Es verdad que la muerte de Fidel Castro
supondrá un golpe para el régimen, pero, a partir de ahí, las
diferencias son mucho más relevantes que las similitudes.

Para empezar, en España había un sistema capitalista que no hubo que
cambiar. Como ya se ha visto, la transición al capitalismo es algo que
ahora ni se plantea en Cuba. En segundo lugar, el ejército tiene mucho
más poder que el que tenía en España a mediados de los años 70. Ese
poder real -el único poder- es totalmente refractario al cambio. En
tercer lugar, la oposición interior prácticamente no existe, al
contrario de lo que sucedía en España, donde los sindicatos y partidos
de izquierda ilegales eran muy activos.

El primer test sobre la actitud del régimen hacia una posible apertura
política tuvo lugar el pasado 30 de diciembre en la Plaza de la
Revolución, donde la pintora Tania Bruguera trató de convocar un acto
que consistía en que los ciudadanos pudieran dar su opinión sobre el
régimen. No hubo lugar. La performance fue prohibida y su convocante
detenida, así como Reinaldo Escobar, marido de la conocida bloguera
Yoani Sánchez y editor del diario online 14ymedio. También fue detenido
el conocido opositor Antonio Rodiles, probablemente la figura más
interesante del anticastrismo interior.

El día anterior a su detención, conversé con él en su domicilio de La
Habana. Rodiles es muy crítico con el acuerdo del 17-D. «El riesgo que
tiene es que los que aspiramos a un cambio democrático nos quedemos
colgados y el régimen termine legitimándose». Rodiles, que cree que
Obama ha dado respiración asistida a Castro, defiende cambios
constitucionales que desliguen los derechos ciudadanos de su perfil
ideológico.

La postura de Rodiles, de Bruguera, o del prestigioso escritor Raúl
Rivero (colaborador de EL MUNDO) no es, sin embargo, mayoritaria entre
la intelectualidad de la isla. Otros, como el propio Padura, la
escritora y bloguera de elmundo.es Wendy Guerra o el ensayista Iván de
la Nuez ven el acuerdo del 17-D como una oportunidad para un cambio
democrático. De la Nuez me definió en La Habana a Raúl Castro como «un
militar pragmático que ha hecho algo -el acuerdo del 17-D- impensable en
Cuba hace tan sólo un tiempo».

Mi opinión coincide básicamente con la de Vargas Llosa (El País,
28-XII-2014). Hay que dar por bueno el paso dado por Obama porque puede
suponer una mejora para el pueblo cubano, pero me temo que la libertad
quede todavía muy lejos y, desde luego, no vendrá sólo de la mano del
acuerdo firmado el 19-D.

casimiro.g.abadillo@elmundo.es

Source: La democracia no llegará con los dólares a Cuba | opinion | EL
MUNDO –
http://www.elmundo.es/opinion/2015/01/03/54a84edf268e3eab648b457d.html

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