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La siempre tardía isla de Cuba
¿Está preparado el exilio para una visita del presidente Barack Obama a
la Isla?
Alejandro Armengol, Miami | 18/12/2014 12:46 pm

Cuba tiene una característica especial en cuanto a los acontecimientos
históricos. Siempre llega tarde, salvo cuando se anticipa. Esa cualidad,
que ha pasado a integrarse —y a definir— la sabiduría popular, tuvo una
expresión temprana en aquello de la “siempre fiel”. Fue la última
colonia en liberarse del dominio español en América. En la práctica se
tradujo en centenares de muertos adicionales, una isla devastada por un
largo conflicto, la ruina económica de la metrópoli, una soberanía
mantenida pendiente durante cuatro años, otra intervención posterior y
un continuo complejo nacionalista. No fue poco el precio a pagar. Ahora
otra excepcionalidad histórica acaba de concluir. En la mañana del 17 de
diciembre el último reducto de la guerra fría terminó en este
continente, 25 años después de la caída del Muro de Berlín. Cuba y
Estados Unidos acordaron iniciar los pasos para reanudar relaciones
diplomáticas.
El presidente Barack Obama declaró que ha instruido al secretario de
Estado, John Kerry, a que inicie inmediatamente conversaciones con Cuba
para restablecer los vínculos diplomáticos con la Isla. Por su parte, el
gobernante Raúl Castro dijo en una alocución a los cubanos trasmitida
por radio y televisión: “Hemos acordado el restablecimiento de
relaciones diplomáticas”.
Así de sencillo.
Lo que llama la atención es la calma en esta ciudad tras el anuncio.
En Miami unos cuantos manifestantes en el lugar de siempre —el
restaurante Versailles— con las palabras, los carteles y los gritos de
siempre. Y también con la cámaras y la prensa de siempre. Economía de
medios y recursos. Tacañería de esfuerzo. Todo ello en un día radiante.
Imaginar que hubiera sucedido con lluvia. Y eso que en Miami no nieva ni
hace frío. Pensar por un momento en el efecto de un trueno. No hay duda
que el anticastrismo vertical ha vivido épocas más felices en esta ciudad.
Da la impresión que la noticia no se ha asimilado por completo.
Washington y La Habana, enemigos declarados por décadas, inician el
camino para la reconstrucción de las relaciones con los hermanos Castro
aún en el poder.
Esto quiere decir simplemente que la transición en marcha en Cuba ha
recibido el visto bueno de la Casa Blanca. Esa transición es, por
supuesto, la dictada desde la Plaza de la Revolución. Nada de
participación de la disidencia. Ni siquiera ha sido necesaria la
“oposición leal”, tan comentada en determinados círculos. No han hecho
falta promesas de cambios políticos. Leyes de amnistía. El surgimiento
de espacios alternativos reconocidos.
Con una pasividad aplastante, el exilio ha presenciado la “última
victoria de Fidel Castro”.
El empecinamiento en el intercambio, la captura de Gross, la campaña
internacional: todo condujo al resultado esperado por el gobierno de La
Habana.
Después del regreso del niño Elián, “Los Cinco” se convirtieron en el
centro de esa campaña de propaganda perenne, que por décadas ha
conducido el régimen bajo el nombre pomposo de “batalla de ideas”.
Con Raúl, un general, se acabaron las “batallas” y las “ideas”, pero
esta lucha final quedaba por concluir.
Nos guste o no, el gobierno cubano ha logrado una victoria a toda regla.
En el terreno diplomático, con el rechazo internacional al embargo: el
rechazo de gran número de países latinoamericanos a la política
estadounidense hacia La Habana; el silencio de las naciones restantes
del hemisferio y la adopción de una política de acercamiento crítico por
parte de Europa. Tras décadas en que Washington practicó con relativo
éxito una política de aislar al régimen cubano, desde hace años terminó
aislándose cada vez más.
A los efectos del cubano de a pie, también el gobierno de La Habana sale
ganando, y esta victoria es aún más importante.
El gobierno de Obama le ha regalado una nueva ilusión con que alimentar
la espera de quienes viven en la Isla. Primero fue la aún fiel
Venezuela. Después el petróleo, que nunca apareció; Luego las
inversiones extranjeras, que aún no han florecido. Ahora llega la
ilusión del fin del embargo. Los cubanos tienen algo para soñar mientras
hacen fila para adquirir productos o estiran sus salarios, que no les
bastan. Gracias al gobierno que hasta ayer se consideraba el
archienemigo del régimen. No han hecho falta ni Caracas, ni Moscú, ni
Pekín para que renazca la esperanza, y con más razón, porque ahora viene
del “Norte revuelto y brutal”.
Puede argumentarse que en ambos casos son victorias temporales: dentro
de unos meses nadie comentará sobre “Los Cinco” y falta mucho para el
fin del embargo.
Sin embargo, el triunfo más importante no es para Cuba sino para Raúl
Castro. Por primera vez en casi 56 años un gobernante cubano y un
presidente estadounidense dialogan. Raúl y su circunstancia lo han
conseguido sin perder la cara en el intento. “Sin renunciar a uno solo
de nuestros principios”, ha dicho.
Todo ello sin que en Miami los exiliados se lancen a la calle. Los días
en que “luchábamos por Elián” son un pasado lejano.
Si la respuesta emocional ha sido nula, los razonamientos se han
caracterizado por su torpeza. En la prensa y la radio de esta ciudad se
han escuchado las más diversas razones —en buena parte girando sobre una
actitud de rechazo a la acción presidencial—, pero todas con un
denominador común: el negarse a aceptar un hecho consumado.
Este hecho es que, más que un cambio de política hacia el régimen de La
Habana, lo que se ha producido es el establecimiento de una nueva
estrategia dentro de esa política.
Esa actitud negativista de los exiliados encierra una motivación
irracional: el negarse a aceptar lo que ha dictado un presidente
democráticamente electo, con un mandato definido. Así ha salido a
relucir una y otra vez el poder del Congreso, no en su función
legislativa sino convertido en la ilusión exiliada en un poder
ejecutivo. El consuelo del instante, para quienes defienden esta
argumentación, es que todo lo dicho por el Presidente cuenta poco a
partir de que el próximo año el Congreso estará dominado por el Partido
Republicano, que echará por tierra todo lo dicho hoy.
Aquí el absurdo se mezcla con la ignorancia, como desconocer que la
colocación de una nación en la cuestionable lista de naciones que apoyan
el terrorismo es una prerrogativa del Departamento de Estado, quien
confecciona el listado, no el Congreso.
Si Cuba es retirada del listado, como debió hacerse desde hace años, la
exclusión no será muy diferente a lo ocurrido con otros países. Corea
del Norte fue retirada de la lista en el año 2008 (lo que por otra parte
convierte en poco convincente el argumento de mantener a Cuba debido al
caso de las armas encontradas en un buque norcoreano). Libia en 2006,
cuando la entonces secretaria de Estado Condoleezza Rice, certificó su
renuncia sostenida del terrorismo como política de Estado (¿hay que
recordar que quien gobernaba el país árabe para esa fecha era Muamar el
Gadafi?). Yemen del Sur fue suprimido en 1990 luego de su fusión con
Yemen del Norte. Como dato adicional, vale la pena recordar que
Afganistán nunca estuvo en la lista.
Así que la salida de Cuba de la lista no será difícil de argumentar para
el Departamento de Estado, a partir de dos argumentos —o pretextos,
según quiera verse— claves, como son el proceso de paz colombiano en La
Habana y la participación de la Isla en la lucha contra el ébola en África.
La negatividad señalada, por parte de los exiliados cubanos de Miami,
también ha llevado a olvidar todo lo que la acción presidencial conserva
sin alteraciones, desde la Ley Helms-Burton y la Torricelli —así como la
fundamental de Comercio con el Enemigo— como la prohibición de turismo
para los norteamericanos. Ha quedado en pie, por lo tanto, incluso un
aspecto tan controversial de las medidas como es su carácter
extraterritorial.
Si bien es cierto que con la ampliación de ciertas normativas Obama hace
más permisible el embargo, no hace con ello más que prolongar una vía
iniciada con anterioridad.
El embargo fue relajado por el Ley de Reforma de Sanciones y Mejora de
las exportaciones, que fue aprobada por el Congreso de los Estados
Unidos en octubre de 2000 y firmada por el entonces presidente Bill
Clinton. Esta medida permitió la venta de bienes agrícolas y medicinas
por razones humanitarias, pero el gobierno cubano la rechazó
inicialmente. Fue en noviembre de 2001, y tras el paso del huracán
Michelle, que Fidel Castro aceptó la compra de productos a los granjeros
estadounidenses. Y entonces el presidente de EEUU era George W. Bush.
Así que lo que Obama ahora amplía es lo que se inició bajo Bush.
Sin embargo, todo lo anterior no omite que lo fundamental ahora es que
Cuba y Estados Unidos tendrán relaciones diplomáticas plenas en un
futuro cercano, con independencia de si el Congreso republicano se
decide por la torpeza de no confirmar un embajador para Cuba.
En ese caso, lo más probable que ocurra entonces es que este país tendrá
un embajador cubano en Washington y ninguno en La Habana, ya que
Alexander Hamilton describió que la forma más conveniente era dejar al
poder del presidente el recibir a los embajadores, en lugar de tener que
citar a la legislatura para esos fines.
Queda entonces solo en pie el argumento moral, y es el derecho en el
exilio a protestar por el acuerdo para el restablecimiento de relaciones
diplomáticas. Protestas que hasta ahora no se han siquiera insinuado,
más allá de la algarabía breve en el Versailles.
Exilio que debe comenzar a prepararse ante el hecho de que es muy
probable que el camino iniciado ayer lleve a un viaje del presidente
Obama a Cuba en los próximos dos años.
Falta solo por añadir un punto, y es el señalar que Obama ha hecho lo
necesario, imprescindible e inevitable.
Más allá de iniciar el restablecimiento de relaciones, el Presidente ha
dado un giro a la política del embargo, para convertirla en un verdadero
instrumento de presión y no en un principio estancado. Sus resultados
pueden estar llenos de incertidumbre, pero el camino actual desde hace
años no producía avance alguno para los objetivos de contribuir a la
democracia y el respeto de los derechos humanos en la Isla.
En este sentido, vale la pena mirar por un momento a la distante
Birmania, porque es un buen ejemplo a tener en cuenta
Birmania o Myanmar inició su transformación política en 2011, tras medio
siglo de dictadura militar (¿no suena esto familiar a los cubanos?). Su
presidente, Thein Sein, liberó a los presos políticos, relajó la
represión y dio los primeros pasos hacia una transición democrática. En
vista a eso, EEUU levantó algunas de las sanciones impuestas durante el
régimen dictatorial. Pero dichos comicios no han resultado en todos los
cambios esperados.
Obama realizó recientemente su segunda visita al país. En ella reafirmó
que la transición parece haberse estancado. Incluso en algunas áreas han
ocurrido retrocesos y las violaciones a los derechos humanos continúan.
¿Fue un error entonces la política de la Casa Blanca? La respuesta no es
fácil porque un análisis del panorama birmano, bajo una óptica bipolar,
sólo lleva a justificar una posición partidista. De adoptarse, todo se
reduce a la vieja disyuntiva de la mitad del vaso de agua: ¿medio lleno
o medio vacío?
Dos posiciones, en el Congreso de EEUU, definieron la discusión a la
hora de imponer restricciones a la junta militar de Birmania.
Una planteaba que la medida debía someterse a una revisión anual. La
otra estaba a favor de adoptar algo similar al embargo contra el
gobierno cubano: el sostenimiento indefinido de las sanciones hasta que
no se produjera un completo cambio democrático. Nada de pasos
equilibrados, sino una apuesta de todo o nada.
Al final se impuso la primera posición.
En el 2003, el senador republicano Mitch McConnell —quien el próximo año
será el presidente del Senado— trabajó junto al exsenador demócrata Max
Baucus y los senadores Dianne Feinstein (demócrata) y Chuck Grassley
(republicano), y llegaron al acuerdo de que las sanciones serían
sometidas a una evaluación anual.
En enero del 2011, la entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton,
declaró que las sanciones serían levantadas si se producían cambios
“reales”.
En el 2012 Aung San Suu Kyi —premio Nobel de la Paz— fue liberada y en
abril del 2012 elegida diputada del Parlamento Nacional. La oposición
entró al Parlamento con 43 diputados, pero el Ejército se reservó un
cuarto de los escaños, lo que garantizó que los opositores no fueran
capaces de hacerle sombra al gobierno.
En mayo de ese año Clinton anunció el relajamiento de algunas sanciones
—entre ellas restricciones financieras—, para facilitar la transición.
Al año siguiente, se eliminaron las restricciones vigentes contra los
funcionarios birmanos. En igual sentido, ese mismo año, 2013, la Unión
Europea levantó todas sus sanciones, salvo el embargo de armas (¿también
esto no suena familiar a los cubanos?).
Sin embargo, las esperanzas del cambio se han visto opacadas en los
últimos tiempos.
Obama reconoció, en una entrevista con la revista The Irrawaddy, que en
Birmania “el progreso no ha sido tan rápido como muchos habían esperado,
cuando empezó la transición”.
El 9 de agosto de este año, el secretario de Estado John Kerry pidió al
gobierno de Birmania acelerar las reformas democráticas. Una semana
antes, varios senadores estadounidense habían solicitado nuevas
sanciones y en mayo Obama extendió por un año más algunas de las
restricciones económicas aún vigentes (prohibición de inversiones
norteamericanas y de las exportaciones de ese país a EEUU).
Durante su reciente visita, Obama presionó al presidente Sein para
reformar la norma que impide postularse a Suu Kyi, así como eliminar la
represión étnica.
Si se compara la situación existente en Birmania con la imperante
durante la junta militar, es indudable que se han producido ciertos
avances que justifican el fin de algunas de la sanciones. De igual forma
hay motivos para mantener otras.
Cuba podría estar iniciando un camino similar a Birmania, solo hay que
esperar que no sea tan lento, pero pocas son las razones para dicha
esperanza.
Lo fundamental aquí es que si los avances son pocos, en Birmania o Cuba,
el estancamiento no es la respuesta. Cierto que dicho estancamiento lo
dicta fundamentalmente el régimen gobernante en dichos países, pero
ampararse en la ilusión de que la democracia está a la vuelta de la
esquina en la Isla, ya sea en el caso cubano porque se agotan los
recursos de la ayuda venezolana o por pequeñas protestas esporádicas es
pecar de iluso. Ni el reloj biológico ni el precio del crudo deben
servir de fundamentos para decidir o esperar el futuro. La realidad es
que cada vez más quienes viven en Cuba y en el exilio responden a otras
expectativas y no a un discurso agotado.
El uso de sanciones nunca debe ser una medida de todo o nada, sino de
estímulo y respuesta. El camino hacia la democracia es largo y difícil,
y la cautela siempre debe acompañar al optimismo. Ello no debe impedir
el intentarlo.

Source: La siempre tardía isla de Cuba – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/la-siempre-tardia-isla-de-cuba-321245

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